lunes, 12 de enero de 2009

Viaje al oriente

Marsella fue un lugar que fascinó a Pablo por su romanticismo comercial. El barco que tomaron hasta Singapur parecía contener un pedazo de Francia, ya que estaba repleto de sudamericanos y franceses. Muchos de los pasajeros llevaban consigo máquinas de escribir, y la tripulación no dudaba en pedirles el favor de pasar sus cartas a máquina.

También el puerto de Djibuti en el Mar Rojo le impresionó a Neruda, con su intensidad comercial y su té helado.

En Shangai pasó las noches adentrándose en los cabarets casi vacíos de la ciudad, siempre junto a su amigo Álvaro Hinojosa. Una noche de 1928, ya demasiado tarde para volver al barco a pie, tomaron un ricksha cada uno, con la intención de volver más rápidamente. Los conductores les alejaron del centro urbano, llevándoles a un sitio inhabitado donde les atracaron y robaron sus pertenencias, pero dejando intacta su documentación. Así tuvieron que regresar solos al barco.

Llegaron a Japón con la esperanza de que el dinero enviado desde Chile estuviera ya en el consulado. Se tuvieron que hospedar en un refugio de marineros, en Yokohama. Había un cristal roto y entraba todo el frío de la noche, pero nadie respondía a sus peticiones. Un barco naufragó en la costa japonesa, y el asilo se llenó de marineros. Pablo y Álvaro conocieron allí a un marinero vasco que fue su protector durante esos días. Mientras tanto, intentaron contactar con el Cónsul General de Chile para conseguir el dinero, pero no les prestaban atención. Al fin descubrieron que los fondos habían llegado antes que ellos, y habían pasado desapercibidos. Para celebrarlo fueron al mejor café de Tokio, el Kuroncko, y brindaron por su incómoda experiencia.

Pronto llegaron a Singapur. Pablo y su amigo creían estar muy cerca de Rangoon, pero en realidad esto no era cierto. Fueron a visitar al cónsul de Chile, tratando de conseguir más fondos para seguir con su viaje. El señor Mansilla, que así se llamaba el cónsul, se negaba a darles dinero, por lo que Pablo le pidió una autorización para dar una charla acerca de Chile y así recaudarlo ellos mismos. Éste se negó rotundamente, y después de ser chantajeado con la celebración de esa charla, aceptó entregárselo, con unos intereses que los dos amigos nunca pagaron. Por fin llegaron a Rangoon, sorprendidos por sus vestidos y colores, por la pagoda Swei Dagon y el sucio y ancho río Irrawadhy que desembocaba en el golfo de Martabán.

Montparnasse


En junio de 1927, Pablo Neruda partió en barco con su amigo Álvaro, iniciando así su viaje. En Buenos Aires, cambiaron un billete de primera clase por dos de tercera, y se embarcaron en dirección hacia Europa. El barco era incómodo, pero en él había muchas pasajeras hermosas en las que Alvaro, el amigo de Pablo, pronto fijó su atención. Era un tipo seductor para las mujeres. Una de sus tácticas era imitar pronosticarles el porvenir leyendo las líneas de sus manos. En ese viaje Pablo se enamoró de una joven Brasileña que viajaba con sus padres y sus dos hermanos.

Cuando llegaron a Lisboa, el poeta se sintió impresionado por toda su atmósfera, sus edificios y movimiento.

En Madrid vivían la dictadura de Primo de Rivera, y fue en esa época cuando escribió los poemas iniciales de “Residencia en la Tierra”.

Al llegar a París, observaron que estaba repleto de sudamericanos que se movían casi exclusivamente por Montparnasse y los cafés principales. No podían vivir los unos sin los otros. Allí conoció al gran poeta César Vallejo, del que se hizo amigo enseguida. Cuando fueron presentados, César elogió a Pablo, indicándole que era el mejor poeta entre todos ellos, a lo que Pablo contestó maleducadamente, pidiendo que no volviera a repetir semejante afirmación. Sin embargo a partir de ahí no volvieron a tener problemas. César tenía rasgos indios, y una aparente solemnidad en su rostro que se esfumaba cuando no estaba presente su mujer, una francesa a la que se hallaba prácticamente sometido.

Entonces tuvo lugar la llegada de un hombre muy esperado de origen chileno, un amigo de Rafael Alberti. Condon, que así se llamaba el poeta organizó una fiesta en una discoteca de rusos. En medio de la velada, Condon de repente cayó desplomado al suelo, y no se despertaba con nada. Todos los clientes se fueron de la discoteca, y el encargado cerró las puertas para que Pablo y sus amigos no se marcharan sin pagar. Sólo pudieron salir dejando la documentación de cónsul de Pablo en manos del encargado. Hubo sin embargo una mujer rubia que no se había marchado. Pablo y su amigo Álvaro la invitaron a pasar la noche con ellos en el hotel, y después de acostarse con ella, a la mañana siguiente la abandonaron sonriente en un taxi en alguna remota calle de París.

Cónsul de Chile en Rangoon

En los años 20 Pablo había cobrado ya cierta fama, gracias a un premio literario estudiantil, sus nuevos libros y su capa. Sin embargo en aquella época la vida cultural estaba en Europa. La mayoría de los artistas de la oligarquía chilena se iban Francia, donde se desarrollaba un gran mundo cultural. Muchos se preguntaban por qué Pablo no había viajado aún a París. Entonces fue recomendado por un amigo a un jefe de departamento del Ministerio de Relaciones, al que visitó saliendo con la promesa de tener un puesto en el extranjero asegurado. Al cabo de dos años seguidos visitándole periódicamente, y sin conseguir su propósito, Pablo se encontró con su amigo Bianchi, hijo de una familia bien situada. Este amigo le llevó directamente a ver al Ministro. Cuando llegaron al despacho, el Ministro tocó un timbre y al instante apareció el jefe de departamento al que Neruda había estado visitando. Leyeron al poeta una lista de lugares del mundo con puestos disponibles para él, y eligió uno cuyo nombre le había sorprendido al ser pronunciado. Ese mismo día Pablo fue nombrado Cónsul de Rangoon, un país al este de Asia. Para Neruda ese país era totalmente nuevo, antes no lo conocía, así que lo buscó con la ayuda de Bianchi en el globo terráqueo que había en el salón ministerial. Cuando se reunió por la noche con sus amigos para celebrarlo, había olvidado el nombre del lugar.

Poema XX de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" cantado por Paco Ibáñez

Poema XX de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" cantado por Paco Ibáñez


Poema XX

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Oda a Valparaíso, Pablo Neruda


VALPARAÍSO,

qué disparate

eres,

qué loco,

puerto loco,

qué cabeza

con cerros,

desgreñada,

no acabas

de peinarte,

nunca

tuviste

tiempo de vestirte,

siempre

te sorprendió

la vida,

te despertó la muerte,

en camisa,

en largos calzoncillos

con flecos de colores,

desnudo

con un nombre

tatuado en la barriga,

y con sombrero,

te agarró el terremoto,

corriste

enloquecido,

te quebraste las uñas,

se movieron

las aguas y las piedras,

las veredas,

el mar,

la noche,

tú dormías

en tierra,

cansado

de tus navegaciones,

y la tierra,

furiosa,

levantó su oleaje

más tempestuoso

que el vendaval marino,

el polvo

te cubría

los ojos,

las llamas

quemaban tus zapatos,

las sólidas

casas de los banqueros

trepidaban

como heridas ballenas,

mientras arriba

las casas de los pobres

saltaban

al vacio

como aves

prisioneras

que probando las alas

se desploman.

Pronto,

Valparaíso,

marinero,

te olvidas

de las lágrimas,

vuelves

a colgar tus moradas,

a pintar puertas

verdes,

ventanas

amarillas,

todo

lo transformas en nave,

eres

la remendada proa

de un pequeño,

valeroso

navío.

La tempestad corona

con espuma

tus cordeles que cantan

y la luz del océano

hace temblar camisas

y banderas

en tu vacilación indestructible.

Estrella

oscura

eres

de lejos,

en la altura de la costa

resplandeces

y pronto

entregas

tu escondido fuego,

el vaivén

de tus sordos callejones,

el desenfado

de tu movimiento,

la claridad

de tu marinería.

Aquí termino, es esta

oda,

Valparaíso,

tan pequeña

como una camiseta

desvalida,

colgando

en tus ventanas harapientas

meciéndose

en el viento

del océano,

impregnándose

de todos

los dolores

de tu suelo,

recibiendo

el rocío

de los mares, el beso

del ancho mar colérico

que con toda su fuerza

golpeándose en tu piedra

no pudo

derribarte,

porque en tu pecho austral

están tatuadas

la lucha,

la esperanza,

la solidaridad

y la alegría

como anclas

que resisten

las olas de la tierra.

Pablo Neruda en Valparaíso (El vagabundo de Valparaíso)

Cuando Pablo era joven, desde Santiago de Chile, de vez en cuando sentía un gran impulso que le empujaba a viajar a Valparaíso. Compraba un billete para el tren en tercera clase y se embarcaba en el viaje con sus amigos. En una ocasión iban a despedir a unos amigos pintor y poeta que se marchaban a Francia, y decidieron reunirse en la casa de Novoa, un compañero suyo, en Valparaíso. Después de un arduo y empedrado camino, llegaron a la casa, que resultó ser una cabaña con dos habitaciones. En una de ellas se encontraba la cama de su amigo, y en la otra había un sillón. Todos se quedaron a dormir en la cabaña, Pablo durmió en el sillón y algunos otros en el suelo. Pablo no conciliaba el sueño, pero al cabo de un rato comenzó a sentirse arropado por los aromas silvestres del lugar, por la fragancia las plantas que le traían recuerdos de Temuco, y envuelto en esa suma de sensaciones el poeta consiguió cerrar los ojos y dormirse.

Allí, en Valparaíso, había un vecino llamado don Zoilo que todas las mañanas salía al balcón a hacer ejercicio. Guardaba un Stradivarius que nunca tocó porque pretendía venderlo algún día en Estados Unidos y hacerse millonario. Un día don Zoilo falleció y su violín desapareció del armario donde lo guardaba.

Una vez Neruda quiso entrar a visitar una gran casa que allí existía, la mansión del explorador, para ver todos los trofeos y colecciones que había dentro. El dueño de la casa le dejó pasar y le explicó con detalle de dónde provenía cada una de las figuras, instrumentos, trofeos e ídolos que guardaba.

En otra ocasión Pablo Neruda conoció a un hombre llamado Bartolomé que viajaba en carreta con su loro al hombro y con su espada. Este tipo de extraordinarios personajes era una de las cosas que más fascinaba a Pablo de Valparaíso.

Muchas veces Valparaíso sufrí gigantescas sacudidas de terremotos, que ocasionaban a menudo un gran número de víctimas mortales, conjugando la belleza del paisaje con la atrocidad de la catástrofe. Era una ciudad repleta de escaleras que siempre admiró el poeta, por su belleza aparentemente simple, y su complejidad real, sus cerros, sus habitantes, su historia.

sábado, 27 de diciembre de 2008

"Las palabras"


« Todo lo que usted quiera, si señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se transladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció... Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras . »

"El hondero entusiasta" de Pablo Neruda (poemas de su juventud)


HAGO GIRAR MIS BRAZOS...

HAGO GIRAR MIS BRAZOS como dos aspas locas

en la noche toda ella de metales azules,

Hacia donde las piedosas no alcanzan y retornan.

Hacia donde los fuegos oscuros se confunden.

Al pie de las murallas que el viento inmenso abraza.

Corriendo hacia la muerte como un grito hacia el eco.

El lejano, hacia donde ya no hay más que la noche

y la ala del designio, y la cruz del anhelo.

Dan ganas de gemir el más largo sollozo,

de bruces frente al muro que azota el viento

inmenso.

Pero quiero pisar más allá de esa huella:

pero quiero voltear esos astros de fuego:

la que es mi vida y es más allá de mi vida:

eso de sombras duras, eso de nada, eso de lejos:

quiero alzarme en las últimas cadenas que me aten,

sobre este espanto erguido, en esta ola de vértigo

y echo mis piedras trémulas hacia este país negro,

solo, en la cima de los montes,

solo, como el primer muerto,

rodando enloquecido, presa del cielo oscuro

que mira inmensamente, como el mar en los

puertos.

Aquí, la zona de mi corazón,

llena de llanto helado, mojada en sangres tibias.

Desde él siento saltar las piedras que me anuncian.

En él baila el presagio del humo y la neblina.

Todo de sueños vastos caídos gota a gota.

Todo de furias y olas y mareas vencidas.

Ah, mi dolor, amigos, ya no es dolor de humano.

Ah, mi dolor, amigos, ya no cabe en mi vida.

Y en él cimbro las hondas que van volteando

estrellas!

Y en él suben mis piedras en la noche enemiga!

Quiero abrir en los muros una puerta. Eso quiero. Eso deseo.

Clamo. Grito. Lloro. Deseo.

Soy el más doloroso y el más débil. Lo quiero.

El lejano, hacia donde ya no hay más que la noche.

Pero mis hondas giran. Estoy. Grito. Deseo.

Astro por astro, todos fugarán en astillas.

Mi fuerza es mi dolor, en la noche. Lo quiero.

He de abrir esa puerta. He de cruzarla. He de

vencerla.

Han de llegar mis piedras. Grito. Lloro. Deseo.

Sufro, sufro y deseo. Deseo, sufro y canto.

Río de viejas vidas, mi voz salta y se pierde.

Tuerce y destuerce largos collares aterrados.

Se hincha como una vela en el viento celeste.

Rosario de la angustia, yo no soy quien la reza.

Hilo desesperada, yo no soy quien la tuerce.

El salto de la espada a pesar de los brazos.

El anuncio en estrellas de la noche que viene.

Soy yo : pero es mi voz la existencia que escondo.

El temporal de aullidos y lamentos y fiebres.

La dolorosa sed que hace próxima el agua.

La resaca invencible que me arrastra a la muerte.

Gira mi brazo entonces,y centellea mi alma.

Se trepan los temblores a la cruz de mis cejas.

He aquí mis brazos fieles! He aquí mis manos

ávidas!

He aquí la noche absorta! Mi alma grita y desea!

He aquí los astros pálidos todos llenos de enigma!

He aquí mi sed que aúlla sobre mi voz ya muerta!

He aquí los cauces locos que hacen girar mis hondas!

Las voces infinitas que preparan mi fuerza!

Y doblado en un nudo de anhelos infinitos,

en la infinita noche suelto y suben mis piedras.

Más allá de esos muros, de esos límites, lejos

debo pasar las rayas de la lumbre y la sombra

Por qué no he de ser yo? Grito. Lloro. Deseo,

Sufro, sufro y deseo. Cimbro y zumban mis hondas.

El viajero que alargue su viaje sin regreso.

El hondero que trice la frente de la sombra.

Las piedras entusiastas que hagan parir la noche,

La flecha, la centella, la cuchilla, la proa.

Grito. Sufro. Deseo. Se alza mi brazo, entonces,

hacia la noche llena de estrellas en derrota.

He aquí mi voz extinta. He aquí, mi alma caída.

Los esfuerzos baldíos. La sed herida y rota.

He aquí mis piedras ágiles que vuelven y me hieren.

Las altas luces blancas que bailan y se extinguen.

Las húmedas estrellas absolutas y absortas.

He aquí las mismas piedras que alzó mi alma en combate.

He aquí la misma noche desde donde retornan,

Soy el más doloroso y el más débil. Deseo.

Deseo, sufro, caigo. El viento inmenso azota.

Ah, mi dolor, amigos, ya no es dolor de humano!

Ah, mi dolor, amigos, ya no cabe en la sombra!

En la noche toda ella de astros fríos y errantes,

hago girar mis brazos como dos aspas locas.

*

ES COMO UNA MAREA...

Es como una marea, cuando ella clava en mí

sus ojos enlutados,

cuando siento su cuerpo de greda blanca y móvil

estirarse y latir junto al mío,

es como una marea, cuando ella está a mi lado.

He visto tendido frente a los mares del sur,

arrollarse las aguas y extenderse

inconteniblemente

fatalmente

en las mañanas y al atardecer.

Agua de las ressacas sobre las viejas huellas,

sobre los viejos rastros, sobre las viejas cosas,

agua de las resacas que desde las estrellas

se abre como una inmensa rosa,

agua que va avanzando sobre las playas como

una mano atrevida debajo de una ropa,

agua internándose en los acantilados,

agua estrellándose en las rocas,

agua implacable como los vengadores

y como los asesinos silenciosa,

agua de las noches siniestras

debajo de los muelles como una vena rota,

como el corazón del mar

en una irradiación temblorosa y monstruosa.

Es algo que me lleva desde adentro y me crece

inmensamente próximo, cuando ella está a mi lado,

es como una marca rompiéndose en sus ojos

y besando su boca, sus senos y sus manos.

Ternura de dolor, y dolor de imposible,

ala de los terribles deseos,

que se mueve en la noche de mi carne y la suya

con una aguda fuerza de flechas en el cielo.

Algo de inmensa huida,

que no se va, que arana adentro,

algo que en ias palabras cava tremendos pozos,

algo que, contra todo se estrella, contra todo,

como los prisioneros contra los calabozos!

Ella, tallada en el corazón de la noche,

por la inquietud de mis ojos alucinados:

ella, grabada en los maderos del bosque

por los cuchillos de mis manos,

ella, su goce junto al mío,

ella, sus ojos enlutados,

ella, su corazón, mariposa sangrienta

que con sus dos antenas de instinto me ha tocado!

No cabe en esta estrecha meseta de mi vida!

Es como un viento desatado!

Si mis palabras clavan apenas como agujas

debieran desgarrar como espadas o arados

Es como una marca que me arrastra y me dobla,

es como una marca, cuando ella está a mi lado!

*

ERES TODA DE ESPUMAS...

ERES TODA DE ESPUMAS delgadas y ligeras

y te cruzan los besos y te riegan los días.

Mi gesto, mi ansiedad cuelgan de tu mirada.

Vaso de resonancias y de estrellas cautivas.

Estoy cansado: todas las hojas caen, mueren,

Caen, mueren los pájaros. Caen, mueren las vidas.

Cansado, estoy cansado. Ven, anhélame, víbrame.

Oh, mi pobre ilusión, mi guirnalda encendida!

El ansia cae, muere. Cae, muere el deseo.

Caen, mueren las llamas en la noche infinita.

Fogonazo de luces, paloma de gredas rubias,

líbrame de esta noche que acosa y aniquila.

Sumérgeme en tu nido de vértigo y caricia.

Anhélame, retiéneme.

La embriaguez a la sombra florida de tus ojos,

las caídas, los triunfos, los saltos de la fiebre.

Ámame, ámame, ámame.

De pie te grito! Quiéreme.

Rompo mi voz gritándote y hago horarios de fuego

en la noche preñada de estrellas y lebreles.

Rompo mi voz y grito. Mujer, ámame, anhélame.

Mi voz arde en los vientos, mi voz que cae y muere.

Cansado. Estoy cansado. Huye. Aléjate.

Extínguete.

Vlo aprisiones mi estéril cabeza entre tus manos.

Que me crucen la frente los látigos del hielo.

Que mi inquietud se azote con los vientos

atlánticos.

Huye. Aléjate. Extínguete. Mi alma debe estar

sola.

Debe crucificarse, hacerse astillas, rodar,

verterse, contaminarse sola,

abierta a la marea, de los llantos,

ardiendo en el ciclón de las furias,

erguida entre los cerros y los pájaros,

aniquilarse, exterminarse sola

abandonada y única como un faro de espanto.

*

SIENTO TU TERNURA...

SIENTO TU TERNURA allegarse a mi tierra,

acechar la mirada de mis ojos, huir,

la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora

de mi silencio absorto y de mi afán de ti.

Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan.

Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha.

Siento que se me suben los musgos de tu pena

y me crecen a tientas en el alma infinita.

Era esto el abandono, y lo sabías,

era la guerra obscura del corazón y todos,

era la queja rota de angustias conmovidas,

y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir,

y era eso mi vida,

era eso que el agua de tus ojos llevaba,

era eso que en el hueco de tus manos cabía.

Ah, mariposa mía y arrullo de paloma,

ah vaso, ah estero, ah companera mía!

Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba,

en las abiertas noches de estrellas frías,

ahora, en el otoño, en el baile amarillo

de los vientos hambrientos y las hojas caídas?

Dímelo, te llegaba,

aullando o cómo, o sollozando,

en la hora de la sangre fermentada

cuando la tierra crece y se cimbra latiendo

bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar?

Dímelo, me sentiste

trepar hasta tu forma por todos los silencios,

y todas las palabras?

Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde.

Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana?

Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos

y ruedan ias estrellas antes de mi mirada.

Siento que soy la aguja de una infinita flecha,

y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca,

tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno,

goteando en cada tierra sollozos y preguntas.

Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío,

lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda,

hela aquí que me llena los miembros de abandono,

hela aquí, tu ternura,

amarrándose a las mismas raíces,

madurando en la misma caravana de frutas,

y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos

como el licor del vino del centro de la uva.

*

DÉJAME SUELTAS LAS MANOS...

DEJAME SUELTAS LAS MANOS

y el eorazón, déjame libre!

Deja que mis dedos corran

por los caminos de tu cuerpo.

La pasión – sangre, fuego, besos –

me incendia a llamaradas trémulas.

Ay, tú no sabes lo que es esto!

Es la tempestad de mis sentidos

doblegando la selva sensible de mis nervios.

Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!

Es el incendio!

Y estás aquí, mujer, como un madero intacto

ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas

hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!

Déjame libres las manos

y el corazón déjame libre!

Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!

No es amor, es deseo que se agosta y se extingue.

*

ALMA MÍA! ALMA MÍA!

ALMA MÍA! Alma mía! Raíz de mi sed

viajera,

gota de luz que espanta los asaltos del mundo.

Flor mía. Flor de mi alma. Terreno de mis besos.

Campanada de lágrimas. Remolino de arrullos.

Agua viva que escurre su queja entre mis dedos.

Azul y alada como los pájaros y el humo.

Te parió mi nostalgia, mi sed, mi ansia, mi

espanto.

Y estallaste en mis brazos como en la flor el fruto.

Zona de sombras, línea delgada y pensativa.

Enredadera crucificada sobre un muro.

Canción, sueno, destino. Flor mía, flor de mi alma.

Aletazo de sueno, mariposa, crepúsculo.

En la alta noche mi alma se tuerce y se destroza.

La castigan los látigos del sueno y la socavan.

Para esta inmensidad ya no hay nada en la tierra,

Ya no hay nada.

Se resuelven las sombras y se derrumba todo.

Caen sobre mis ruinas las vigas de mi alma.

No lucen los luceros acerados y blancos.

Todo se rompe y cae. Todo se borra y pasa.

Es el dolor que aúlla como un loco en un bosque.

Soledad de la noche. Soledad de mi alma.

El grito, el alarido. Ya no hay nada en la tierra!

La furia que amedrentan los cantos y las lágrimas.

Sólo la sombra estéril partida por mis gritos.

Y la pared del cielo tendida contra mi alma!

Eres. Entonce eres y te buscaba entonces.

Eres labio de beso, fruta de sueños, todo.

Estás, eres y te amo! Te llamo y me respondes!

Luminaria de luna sobre los campos solos.

Flor mía, flor de mi alma, qué más para esta vida!

Tu voz, tu gesto pálido, tu ternura, tus ojos.

La delgada caricia que te hace arder entera.

Los dos brazos que emergen como juncos de asombro.

Todo tu cuerpo ardido de blancura an el vientre.

Las piernas perezosas. Las rodillas. Los hombros.

La cabellera de alas negras que van volando.

Las arañas oscuras del pubis en reposo.

*

LLÉNATE DE MÍ...

LÉNATE DE MI.

Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.

Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.

Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.

Soy el que pasó saltando sobre las cosas,

el fugante, el doliente.

Pero siento tu hora,

la hora de que mi vida gotee sobre tu alma,

la hora de las ternuras que no derramé nunca,

la hora de los silencios que no tienen palabras,

tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,

tu hora, medianoche que me fue solitaria.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Yo soy esta que gime, esto que arde, esto que sufre.

Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.

No, no quiero ser esto.

Ayúdame a romper estas puertas inmensas.

Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.

Así crucificaron mi dolor una tarde.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel

astro.

Mi corazón no debe callar hoy o manana.

Debe participar de lo que toca,

debe ser de metales, de raíces, de alas.

No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,

no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.

Entonces gritaría, lloraría, gemiría.

No puede ser, no puede ser.

Quién iba a romper esta vibración de mis alas?

Quién iba a exterminarme? Qué desígnio, qué palabra?

No puede ser, no puede ser, no puede ser.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.

De mi pelea oscura contra mí mismo, fuiste.

Tienes de mi ese sello de avidez no saciada.

Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.

Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.

Seré la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.

Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.

Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,

inundando las tierras como un río terrible,

desatando estos nudos; ah, Dios mío, estas nudos,

destrozando

quemando,

arrasando

como una lava loca lo que existe,

correr fuera de mí mismo, perdidamente,

libre de mí, furiosamente libre.

Irme,

Dios mío,

irme!

*

SED DE TI QUE ME ACOSA...

SED DE TI Que ME ACOSA en las noches

hambrientas.

Trémula mano roja que hasta tu vida se alza.

Ebria sed, loca sed, sed de selva en sequía.

Sed de metal ardiéndo, sed de raíces ávidas.

Hacia dónde, en las tardes que no vayan tus ojos

en viaje hacia mis ojos, esperándote entonces?

Estás llena de todas las sombras que me acechan.

Me sigues como siguen los astros a la noche.

Mi madre me dio lleno de preguntas agudas.

Tú las contestas todas. Eres llena de voces.

Ancla blanca que cae sobre el mar que cruzamos.

Surco para la turbia semilla de mi nombre.

Que haya una tierra mía que no cubra tu huella.

Sin tus ojos viajeros, en la noche, hacia dónde.

Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.

Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.

Si ésa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.

Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.

Sed de ti, sed de ti, guirnalda atroz y dulce.

Sed de ti que en las noches me muerde como un

perro.

Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.

La boca tiene sed, para qué están tus besos.

El alma está incendiada de estas brasas que te aman.

El cuerpo: incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.

De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.

Y en ello se aniquila como el agua en el fuego.

*

ES CIERTO, AMADA MÍA...

ES CIERTO AMADA MÍA, hermana mía, es

cierto!

Como las bestias grises que en los potreros pastan,

y en los potreros se aman, como las bestias grises!

Como las castas ebrias que poblaron la tierra

matándose y amándose, como las castas ebrias!

Como el latido de las corolas abiertas

dividiendo la joya futura de la siembra,

como el latido de las corolas abiertas!

Empujados por los desígnios de la tierra

como una ola en el mar hacia ti va mi cuerpo.

Y tú, en tu carne, encierras

las pupilas sedientas con que miraré cuando

estos ojos que tengo se me llenen de tierra.

"La casada infiel" de Federico García Lorca


"La casada infiel" de Federico García Lorca, recitado


Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

*

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas

toqué sus pechos dormidos,

y se me abrieron de pronto

como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua

me sonaba en el oído,

como una pieza de seda

rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido,

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata.

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver.

Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban

como peces sorprendidos,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí

el mejor de los caminos,

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre,

las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento

me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena

yo me la llevé del río.

Con el aire se batían

las espadas de los lirios.

*

Me porté como quien soy.

Como un gitano legítimo.

Le regalé un costurero

grande de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marido

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.